Los mitos sobre la adolescencia actual

El doctor en Psicología y en Filosofía Luciano Lutereau desestima varios mitos en torno de la adolescencia: tras su última publicación Más crianza, menos terapia , en el que abordaba la relación entre padres y niños, ahora el psicoanalista y docente en la UBA y en UCES decidió investigar la etapa siguiente de la vida de los seres humanos. En Esos raros adolescentes nuevos (Editorial Paidós), Lutereau se aleja totalmente de un manual para padres e instituciones. Establece la diferencia que se generó entre el período de latencia y la prepubertad, la relación con el grupo de pares y los cambios en la sexualidad a partir de los cambios sociales. También analiza distintas facetas de los adolescentes como el desafiante, el narcisista y el hiperconectado. Por supuesto tampoco falta el vínculo con los adultos, la relación con el conocimiento, el joven en la escuela, y destaca, entre los roles que los adultos deberían asumir, el de no psicopatologizar la adolescencia. “El título del libro parafrasea la canción de Charly García. Por eso, en la tapa aparece el ‘raros’ tachado jugando con que esa es una forma de verlos, y cuestionar en todo caso lo ‘raro’ del adolescente para poder pensar cómo en las nueva manifestaciones de la adolescencia (donde, a veces, se cree que los jóvenes son narcisistas, desafiantes, hiperconectados), en esa extrañeza siguen habiendo los mismos conflictos que caracterizan a la adolescencia como tal”, plantea Lutereau.

–¿Por qué cree que la adolescencia es el momento de mayor autenticidad en la vida de un ser humano?

Porque lo que caracteriza a la adolescencia es un conflicto entre fantasía y realidad que implica, a la vez, una tensión y un equilibrio. Una de las formas más comunes de salida de la adolescencia hoy en día es ir apegándose a la realidad, ir sacrificando lo lúdico que puede tener la fantasía y volverse, de alguna forma, un soldado del sistema, como se dice u otro ladrillo más en la pared. En ese sentido, se pierde eso tan auténtico que está en la capacidad de fantasear, a veces, en la demora misma en la que viven los adolescentes en un tiempo que no es utilitario. Si algo caracteriza al adolescente es vivir por fuera del tiempo productivo. De hecho, los padres se quejan y se molestan diciendo que “no hace nada”, “¿Por qué no se levanta a hacer algo?”, “¿Por qué no se levanta más temprano?”. En realidad, son indicaciones que siempre muestran el rechazo que produce la improductividad del adolescente. Me importa destacar que esa improductividad o esa nada que están haciendo los adolescentes es un trabajo muy grande. Y tiene que ver justamente con encontrarse a sí mismos, con una elaboración de una posición auténtica. Auténtica lo digo en el sentido que Heidegger utiliza la palabra “autenticidad” para que justamente el pasaje a la adultez no sea una caída en la impersonalidad, para no ser uno como los otros. El gran desafío del adolescente es poder ser uno entre otros.

–¿Por qué se sigue creyendo que la adolescencia es sinónimo de inmadurez y de conflicto casi permanente?

–Ahí hay dos cuestiones para subrayar. Por un lado, cabe recordar que la etimología de la palabra “adolescente” no tiene que ver con adolecer en el sentido del padecer sino que tiene que ver con el crecimiento. Adolescente no es el que padece, es el que crece. Que todo crecimiento pueda implicar alguna cuota de sufrimiento es evidente, pero no es un sufrimiento por sí mismo. En ese sentido, la adolescencia es un conflicto permanente. De ahí que también se haya hablado de crisis en la adolescencia. Sin embargo, hay distintos modelos y formas del conflicto, lo cual es fundamental para no creer que los conflictos son algo patológico. Los conflictos son justamente el motor del crecimiento.

–Usted rescata en el libro una frase de Freud: “Cuando dos piensan lo mismo, uno de los dos no piensa”.

–Esa idea de Freud es central. Justamente tiene que ver con la constitución de una masa. El gran desafío para un joven es poder encontrar su autenticidad en la relación con otros sin poder por eso convertirse en un ser masificado. Siempre está ese temor en los padres. Por ejemplo, cuando piensan que “hace lo que hace porque los compañeros lo presionan”, “porque quiere copiar a los demás”. Siempre está esa mirada del adolescente como aquel que hace masa. Sin embargo, no hay nada más lejano de eso. El adolescente que dice que hizo algo por presión de grupo, incluso cuando lo reconoce es porque no se anima a decirles a los padres que tenía ganas de probar tal cosa o de hacer tal otra. El conflicto principal que se juega en la relación de un adolescente con sus padres es la autorización del deseo, autorización que es paradójica porque, de alguna manera, el adolescente es el que espera ser reconocido como adulto, pero al mismo tiempo cuanto más pide ser reconocido como adulto, más se infantiliza.

–¿Por qué a los adultos actuales les cuesta entender lo que le sucede a un joven?

–Yo creo que eso se debe principalmente a que, por un lado, los adultos actuales son poco adultos. Quieren permanecer en una adolescencia, les sacan la posibilidad de la juventud a los jóvenes.

–¿Eso tiene que ver con lo que señala en un pasaje del libro de que la adolescencia no son los adolescentes?

–Exactamente. Con esa distinción, lo que yo señalo es que muchas veces las personas más grandes buscan prolongar su adolescencia y no les reconocen a los jóvenes su propio período exploratorio. Esto se ve en períodos muy concretos. Por ejemplo, padres que si se van de viaje, no quieren que sus hijos cocinen en la casa y les dejan la comida hecha “por las dudas”, porque “por ahí, a lo mejor, si abre la llave del gas no va a saber”. O, por ejemplo, la pérdida del hábito de que los padres varones inicien a sus hijos en determinadas prácticas, ya sea cambiar un enchufe o arreglar alguna cosa de la casa. Esto es muy importante porque vamos camino a una generación de jóvenes que prácticamente no saber hacer nada en el espacio doméstico. Y eso es muy importante si pensamos que uno de los resultados de la adolescencia es que alguien pueda construir un hogar propio. Esto se ve especialmente en que a muchos jóvenes de hoy en día les cuesta independizarse, no sólo por una cuestión económica sino también por una cuestión psíquica. Me refiero a personas que tienen más de 20 años, incluso 30 y todavía sigue diciendo “mi casa”, refiriéndose a la casa de los padres, aunque vivan en otro lado.

–¿A qué atribuye la mayor participación social que tienen los adolescentes de esta época?

–Ahí hay algo central: hasta hace unos años, la primera conducta pública que realizaba un joven en el límite de la adolescencia era el votar. Hoy los adolescentes realizan actos públicos desde muy temprano: a través de redes sociales imponen opinión pública y militan causas sociales como la del aborto. Incluso, se pronuncian respecto del estatuto del idioma castellano. Hasta hace unos años, lo que decían los libros de adolescencia era que los adolescentes inventaban su propia jerga. Hoy no inventan su propia jerga. Más bien lo que buscan es intervenir sobre cómo es correcto hablar. Intervienen sobre un idioma. Más que un dialecto buscan y pelean el idioma. Y me parece que eso muestra que hay una mayor participación juvenil en los espacios sociales que, de alguna manera, también refuerza la necesidad del acompañamiento de los adultos. Los jóvenes buscan hacer la revolución hoy en día, pero no hay que olvidarse que no dejan de ser hijos por eso, sobre todo por el costo que eso puede tener. Piense, por ejemplo, en lo que ocurrió con el tema del cyberbullying o en relación a los escraches en los colegios. Los jóvenes tomaron la conducta pública de escrachar a compañeros y muchas veces eso llevó a situaciones muy penosas que se desbordaron. Por ejemplo, un joven se terminó suicidando. Me parece que la participación de los jóvenes en un espacio público está muy buena, pero no hay que olvidar que lo hacen desde una posición que todavía es la de hijos.

–¿Las redes sociales hicieron más desinhibidos a los jóvenes o esto se da solamente en el plano virtual?

–No, la desinhibición de los jóvenes es principalmente en el plano virtual porque ellos muestran y cuentan cómo en el cuerpo a cuerpo se les hace difícil. Como decía antes, hay una mayor incidencia de los adolescentes en lo público, pero eso convive con una retracción fuerte de los jóvenes del espacio público. Puede ser que participen de una movilización, pero los jóvenes no paran ya en las esquinas como en otro momento, no pasan la tarde en la plaza. El espacio público se volvió muy expulsivo para los jóvenes. De ahí, que les cuesta mucho acercarse a hablar a otro joven si no lo conocen. El cuerpo a cuerpo, por ejemplo, en relación a una situación de conocerse y, eventualmente, de seducirse les cuesta un montón. De ahí que el trasvasamiento a lo virtual termina siendo una forma de solución y, al mismo tiempo, la aparición de nuevas situaciones. Doy un ejemplo: es bastante frecuente que jóvenes de 16 años utilicen Tinder para salir con mujeres mayores, a las que les mienten respecto de la edad que tienen, porque les resulta más fácil producir una cita a través de una aplicación que, por ejemplo, hablarle a una compañera en el colegio o conocer a una chica en una fiesta.

–Usted destruye varios mitos sobre la condición de la adolescencia, como por ejemplo que el adulto no es necesariamente un modelo con el que pueda identificarse un joven.

–Entre otras cosas, sí. De hecho, escribí este libro, Esos raros adolescentes nuevos , con la intención de que justamente funcione como un aporte del psicoanálisis a tratar de cuestionar algunos mitos, alguna ideas preconcebidas. De hecho, una cuestión central que planteo en el libro es que, por lo general, la imagen que los adultos tenemos de los jóvenes es una proyección de aquello que no queremos reconocer en nosotros mismos. Me refiero a cuando pensamos en el adolescente embotado, o aislado, que no hace ningún tipo de lazo con los demás, que está todo el tiempo con el teléfono o con el iPad. En realidad, esa es más bien la conducta de los padres que han perdido toda posibilidad de establecer lazos con otros de una manera que no sea tecnológica. Los principales viciosos de la tecnología son los adultos, no son los jóvenes porque estos últimos logran utilizar la tecnología para establecer relaciones. Lo que hay que distinguir ahí es el uso de la tecnología de la compulsión tecnológica. Los adultos son compulsivos tecnológicos. Muchas veces, los adolescentes encuentran en la tecnología la posibilidad de un afuera. Hasta hace unos años, era común que un padre se enojara con un joven y le dijera: “Andate a tu habitación. No salís”. Hoy en día, va a su habitación y con un teléfono se conecta con el afuera. Hay un cambio sustancial en el espacio doméstico porque el espacio más interno, el más interior como es el cuarto del adolescente, ya no es un lugar de encierro, es un lugar para estar afuera. Entonces, si el adolescente necesita eventualmente su aislamiento (porque aislarse es una manera de defraudar la expectativa de los demás, de poder ir restándole peso a los ideales y a las demandas que tienen sobre él), ese aislamiento aparece hoy en día a través de la conectividad. Un aislamiento que es parte del crecimiento.

–Eso está relacionado con algo que menciona en el libro: que nadie da permiso para ser grande. ¿Qué pasa con el tema de la autoridad de los padres?

–Los adolescentes realizan actos públicos desde temprano y, al mismo tiempo, la accesibilidad a ciertas sustancias es mucho más inmediata. Hace veinte años, por ejemplo, conseguir un porro era una odisea. Hoy en día, se consigue en cualquier lado y la gente fuma en la calle. Y, de hecho, la visión que la sociedad tiene respecto del consumo de drogas es distinto. Ya no es tan estigmatizante el consumo. Por lo tanto, una autoridad de los padres basada en la prohibición dejó de tener sentido porque es prohibir algo que está al alcance de la mano. Prohibir no es la mejor manera de ocupar un lugar de autoridad hoy en día, lo cual no quiere decir que no haya autoridad. Lo fundamental ahí es poder ubicar al adulto como autoridad en la medida en que es alguien que ya fue joven y que, por lo tanto, puede ser testigo o acompañante de la experiencia. No se les puede retirar a los jóvenes el derecho a la experiencia, sabiendo que como experiencia va a producir sus efectos.