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El despelote

Miami, Estados Unidos, Venezuela, Caracas, Proxeneta
El despelote

Nunca, en la historia reciente de Colombia, un presidente en tan pocos meses de gobierno ha tenido un momento de tanto despelote institucional como el que está viviendo y sufriendo el presidente Duque.

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La no extradición de Santrich,  el proceso de paz en serios aprietos para su implementación, el asesinato diario y continuo de líderes sociales, las absurdas objeciones a la estatutaria de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la intempestiva renuncia del fiscal general de la Nación y su vicefiscal, las pésimas relaciones con la justicia, la exigua popularidad del presidente con un escaso 32 %, la colcha de retazos en que se convirtió el Plan Nacional de Desarrollo, la cohesión de la mayoritaria oposición, el supuesto regreso de los falsos positivos con incentivos operacionales perversos al interior de las fuerzas militares y la posibilidad de que salga avante el acto legislativo que permitiría revivir los auxilios parlamentarios a través de una mermelada perpetua del 20 % del presupuesto a favor de los voraces congresistas son tan solo algunas de las cosas que cimientan la idea de que vamos de mal en peor y que esto se le salió de las manos al joven presidente Duque.

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Duque, como todos lo sabemos, es un presidente sin experiencia, rodeado, en términos generales, de consejeros, asesores y ministros sin una trayectoria trascendental en lo público, quienes en realidad también están aprendiendo a gobernar. De hecho, entre ellos reconocen que el experto es Duque.

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Sin embargo, lo que es más grave aún es que el presidente Duque está rodeado de los más recalcitrantes uribistas, algunos muy expertos y otros no, pero fanáticos todos, que con su intransigente y falaz discurso le hacen casi que imposible gobernar. Uribe, Valencia, Cabal, Macías, Gaviria y Mejía, por solo citar a algunos, todos los días le calientan el ambiente a Duque, le polarizan el país y lo alejan de las soluciones de consenso. Sus delirantes ideas y discursos, plagados de veneno y odio, perjudican al país y distraen al presidente en su propósito de consolidar alguna fuerza mayoritaria con la que pueda gobernar

Al presidente Duque le llegó la hora de ponerse a gobernar en serio. Le llegó el momento de hacer un revolcón en la Casa de Nariño y en el gabinete ministerial. Le llegó el momento de demostrarles a esa cantidad de fanáticos congresistas que lo acompañan que ya basta, que va a gobernar con y para todos los colombianos, y que empezará a construir sin mirar cada segundo el espejo retrovisor del supuesto pésimo gobierno de Santos

Pasa el tiempo y no gobierna, crece el despelote institucional y todo se hace más complejo. Por eso, el presidente debe buscar un gobierno de unidad nacional, debe consolidar unas mayorías abandonando a todo fanático que solo odio y violencia le venda. Si no lo hace, además de inexperto, pasará a la historia como un presidente torpe, sin olfato político y preso del fanatismo, cosa que no queremos que le ocurra, pues también es claro que Duque es, hasta ahora, tan inexperto como buena persona